miércoles, 1 de julio de 2026

Ester Muñoz: "Nuestros abuelos nos dejaron un país más libre del que ellos encontraron. Nuestros padres nos dejaron un país más próspero. No tenemos derecho a ser la primera generación que rompa esa cadena"

 



Asisto esta mañana invitado por Fórum Europa a la intervención de Ester Muñoz, Portavoz del Partido Popular en el Congreso de los Diputados, que fue presentada por José María Aznar.

Este fue su discurso:

"Presidente de Nueva Economía Fórum, queridos vicesecretarios nacionales del PP, patrocinadores del desayuno, cargos públicos, periodistas…  Buenos días. 

Quiero comenzar agradeciendo al presidente Aznar, por haber hecho un hueco en su agenda para presentarme hoy.  José María Aznar llegó al Gobierno en un momento muy difícil. No se lo pusieron fácil, ni los adversarios ni algunos de los propios. Y, sin embargo, fue capaz de despertar una ola de esperanza transversal. Convenció a millones de españoles sin importar edad, procedencia o ideología de que otra España era posible. No movilizó desde el miedo. Convocó desde la esperanza. Y ganó. Por eso, presidente, sigues representando un pasado del que tenemos mucho que aprender y un presente al que seguimos escuchando con atención. Amigas y amigos hoy quiero hablarles de dos Españas. No de dos Españas enfrentadas entre sí.  Quiero hablarles de la España que tenemos y de la España que podemos llegar a construir. En definitiva, vengo a hablar de esperanza.  Una palabra que quizá suena extraña en un momento político como este. Porque llevamos demasiado tiempo atrapados en el ruido, en la confrontación y en una política que parece más preocupada por resistir que por avanzar.  Y, sin embargo, creo que precisamente ahora es cuando más necesitamos hablar de esperanza. Sabemos que la izquierda moviliza desde el miedo y los populismos desde el resentimiento. Nosotros queremos convocar a una gran mayoría de españoles alrededor de un proyecto de esperanza. 

Y quiero hablarles de este proyecto respondiendo a tres preguntas muy sencillas: 1. Qué ha ocurrido para que España pierda su rumbo. 2. Qué modelo de sociedad proponemos. 3. Quién puede liderar la recuperación de la confianza en nuestro país. Porque un país no pierde el rumbo de un día para otro. Lo pierde cuando deja de preguntarse hacia dónde quiere ir. España no es solamente un territorio que gobernar: • Es un proyecto nacional. • Un legado recibido. • Una responsabilidad compartida. • Y una Nación que debemos proteger, mejorar y transmitir. Gobernar un país consiste en mucho más que gestionar la siguiente semana o el siguiente titular. Consiste en que cualquier padre pueda confiar que su hijo vivirá mejor que él. Consiste en que una joven no tenga que marcharse porque aquí no encuentra oportunidades. Consiste en que quien trabaja toda una vida pueda mirar su jubilación con tranquilidad. Y cuando un Gobierno vive pendiente únicamente de sobrevivir hasta mañana, el país deja de prepararse para la próxima década. Mientras discutimos cada día sobre el último escándalo, apenas hablamos de las preguntas que decidirán el futuro de nuestros hijos: • ¿Quién va a pagar la deuda que estamos acumulando? • ¿Cómo vamos a sostener nuestro Estado del bienestar dentro de veinte o treinta años?  • ¿Podremos sostener las pensiones? • ¿Y cómo vamos a adaptarnos a una revolución como la inteligencia artificial? Mientras Sánchez intenta atraparnos con dilemas absurdos, nadie está trabajando desde el Gobierno para preparar a nuestro país.  Y precisamente por eso quiero comenzar respondiendo a la primera pregunta que les planteaba: ¿Qué ha ocurrido para que España pierda el rumbo? No ha sido un accidente. Ha sido una forma de ejercer el poder. Cuando conservar el poder se convierte en el único objetivo, todo lo demás pasa a ser negociable. Y eso se ha traducido en tres consecuencias: • El debilitamiento de consensos básicos. • La tensión y colonización de instituciones que deberían estar por encima de la lucha partidista. • El predominio de la confrontación sobre la búsqueda de la verdad. Pedro Sánchez ha reducido la política a un único dilema: conmigo o contra mí.  Y cuando sólo existen dos bandos, deja de existir el debate. Ya no se rebate el argumento, se cuestiona la legitimidad de quien lo defiende.  Esto tiene consecuencias profundas: una sociedad más polarizada y menos capacitada para afrontar sus desafíos reales.  Quizá una de las consecuencias más preocupantes sea: • Convertir la ambigüedad en una virtud. • Confundir moderación con ausencia de convicciones. • Presentar la firmeza como un defecto. Lo conozco bien porque es una crítica que he recibido muchas veces. Pero yo creo que una democracia sana no necesita políticos cómodos; necesita políticos capaces de defender sus convicciones sin dejar de respetar a quien piensa distinto. Bajo esta premisa hemos vivido décadas de democracia y alternancia política. Sin embargo, esa dinámica de deslegitimación del adversario, que comenzó con Zapatero, se ha consolidado plenamente con Sánchez. España ya ha conocido los fracasos del socialismo. Pero el sanchismo ha añadido un elemento nuevo: convertir la propia permanencia en el poder en el criterio que determina todas las decisiones políticas. Por eso el desafío es más profundo que un simple cambio. • No hablamos sólo de cambiar un Gobierno. • Hablamos de recuperar una manera de entender la política. Si el problema de España fuera únicamente Pedro Sánchez, bastaría con esperar al próximo Gobierno. Sería un error pensar que todo termina ahí. Porque los problemas verdaderamente importantes de un país no nacen sólo de las personas. Nacen de las ideas que acaban inspirando su forma de gobernar. Y esa es precisamente la segunda pregunta que quiero compartir con ustedes:  ¿Qué modelo de sociedad queremos para España? Y quiero compartirlo con ustedes a través de 6 reflexiones. ¿En qué consiste la esperanza? En un modelo distinto de sociedad. Toda forma de hacer política parte, en el fondo, de una determinada idea del ser humano. • De cómo entendemos la libertad. • De cómo entendemos la responsabilidad. • Y de qué esperamos del Estado. 

1. La primera reflexión es muy sencilla: ¿Para quién existe el Estado?  Nosotros creemos que el Estado existe para servir a la Nación. Nunca al revés. Porque cuando esa relación se invierte, el ciudadano deja de ser el fin de la política y empieza a convertirse en un instrumento al servicio del poder. Puede parecer una idea elemental. Pero muchas de las decisiones que hoy condicionan nuestra vida pública nacen precisamente de haber olvidado ese principio. Un Estado fuerte no es el que ocupa cada vez más espacio en la vida de las personas. Es el que cumple bien aquello para lo que existe: • Garantizar la seguridad. • Proteger la libertad. • Hacer cumplir la ley. • Ofrecer igualdad de oportunidades. • Y crear un marco de estabilidad en el que las personas puedan desarrollar libremente su proyecto de vida. El problema aparece cuando el Estado deja de asumir eficazmente sus responsabilidades y empieza a trasladarlas silenciosamente a los ciudadanos. • Lo vemos cuando se traslada a los propietarios de vivienda la obligación de hacerse cargo de los más vulnerables, cuando debería ser el Estado quien tiene esa responsabilidad. • Lo vemos cuando se traslada a los ciudadanos la responsabilidad de gestionar una inmigración que corresponde ordenar al Estado. • Lo vemos cuando cada vez se exige más esfuerzo fiscal a los ciudadanos… a pesar de que cada vez tenemos peores servicios públicos. Esa es la gran inversión de papeles que estamos viviendo: cuando el Estado deja de servir a la Nación… inevitablemente termina sirviendo al Gobierno. 

2. La segunda reflexión es igualmente importante: ¿Qué hace verdaderamente libre al ser humano? Ser protagonista de tu propia vida. Poder construir un proyecto propio, trabajar, asumir responsabilidades, y saber que el esfuerzo merece la pena. Esa es la raíz de la dignidad humana. Y aquí aparece la segunda gran diferencia entre dos modelos de sociedad: dignidad frente a dependencia. Existe una diferencia profunda entre una red de seguridad y un modelo de dependencia. • La primera protege. • La segunda atrapa. Una sociedad verdaderamente justa necesita una red de seguridad para quienes atraviesan momentos de dificultad. Pero una sociedad moralmente exigente no puede conformarse con administrar esa dificultad. Debe aspirar a que cada vez más personas puedan superarla. Porque una buena política social no debería medirse por el número de personas que necesitan una ayuda. Debería medirse por el número de personas que consiguen dejar de necesitarla. 

3. La tercera reflexión es: ¿Quién debe decidir el rumbo de nuestra vida? La verdadera libertad no consiste en vivir sin normas. Ni en no depender nunca de nadie. Consiste en poder dirigir tu propia vida. Y aquí aparece la tercera gran diferencia entre dos modelos de sociedad: la libertad frente a la tutela. Tocqueville comprendió hace casi dos siglos que una democracia fuerte no se sostiene únicamente sobre instituciones fuertes. Necesita ciudadanos libres, responsables y activos. Porque cuando los ciudadanos dejan de asumir responsabilidades y esperan que el poder decida por ellos, dejan de ejercer plenamente su libertad. • Nosotros confiamos más en la capacidad de las personas para dirigir su propia vida. • El socialismo confía más en la capacidad del Estado para dirigirla por ellas. 

4. La cuarta reflexión es fundamental: ¿Cómo garantizamos la justicia social? La justicia social comienza cuando el origen deja de marcar el destino de las personas. Y aquí aparece la cuarta gran diferencia entre dos modelos de sociedad: igualdad de oportunidades frente a uniformidad. Una sociedad verdaderamente justa no intenta que todos vivan exactamente igual: procura que el origen de cada persona no determine hasta dónde puede llegar. • Una sociedad justa no sospecha del mérito. • No castiga la excelencia. • No enfrenta a unos ciudadanos contra otros. La igualdad de oportunidades no consiste en igualar por abajo, la izquierda nunca lo ha entendido. Consiste en abrir caminos para que cada persona pueda llegar tan lejos como le permitan su talento, su esfuerzo y su trabajo. 

5. La quinta reflexión es decisiva: ¿Cómo se construye una sociedad próspera? Cuando el esfuerzo encuentra recompensa, el talento encuentra oportunidades y el trabajo permite progresar. Y aquí aparece la quinta gran diferencia entre dos modelos de sociedad: prosperidad frente a decadencia. Aspirar a vivir mejor es una de las fuerzas que ha impulsado el progreso de todas las sociedades. Existe una diferencia profunda entre repartir riqueza y crearla. Efectivamente, la riqueza puede redistribuirse. Pero sólo puede redistribuirse de manera sostenible cuando antes alguien la ha creado. Y esa riqueza, a pesar de lo que piensa el Gobierno, no aparece por decreto. La crean quienes cada mañana levantan la persiana de un comercio, invierten sus ahorros, asumen riesgos, innovan, trabajan, generan empleo y hacen avanzar silenciosamente este país. Por eso una sociedad inteligente no penaliza el esfuerzo, la inversión o el emprendimiento. Lo fomenta. Porque ningún país, jamás, ha conseguido ser más justo empobreciéndose. Y ninguna sociedad puede repartir durante mucho tiempo aquello que es incapaz de crear. 

6. Y llego a la última reflexión: ¿Qué mantiene unida una Nación? No son los privilegios territoriales, ni los agravios permanentes. Es la convicción de compartir un proyecto común, los mismos derechos, las mismas obligaciones y un futuro juntos. Esta es la última diferencia entre dos modelos de sociedad: cohesión nacional frente a fragmentación territorial. Nosotros creemos en una Nación vertebrada, donde ningún territorio tenga privilegios y ninguno sea olvidado. Una España en la que nacer en León, en Barcelona o en Cádiz no determine las oportunidades de una persona. El socialismo de hoy ha utilizado las identidades y los agravios territoriales como herramienta de supervivencia política. Ha enfrentado a unos españoles con otros para mantenerse en el poder. Nosotros creemos que gobernar España consiste en unirla, no en fragmentarla. Éstas son las seis reflexiones que dibujan dos modelos distintos de sociedad, izquierda y derecha. Dos formas diferentes de entender la libertad, la justicia, la prosperidad y el papel del Estado. 

En definitiva, dos formas distintas de entender España. Nosotros creemos en una España: 

1. Donde el Estado sirva a la Nación. 

2. Donde la dignidad sustituya a la dependencia. 

3. Donde la libertad prevalezca sobre la tutela. 

4. Donde la igualdad de oportunidades sustituya a la uniformidad. 

5. Donde la prosperidad se cree antes de redistribuirse. 

6. Donde la cohesión nacional prevalezca sobre la fragmentación territorial De eso hablamos cuando hablamos de esperanza. No de una utopía. Sino de una alternativa. • De una España posible. • De una España mejor. • Y de una España que merece volver a tener esperanza. 

Y si ésta es la España que queremos construir en el Partido Popular, la última pregunta que les planteé al comienzo de esta intervención cobra ahora todo su sentido: ¿Quién puede convertir esa esperanza en realidad? Creo que Alberto Núñez Feijoo representa hoy la mejor oportunidad para liderar la reconstrucción que España necesita. No sólo porque tenga un proyecto sólido y un equipo preparado. Sino porque representa una forma distinta de entender el poder. Más serena, más responsable y más preocupada por servir que por servirse. Y hay algo especialmente importante después de estos años de división y deterioro institucional. Alberto Núñez Feijóo entiende que el poder es un servicio y no una propiedad. Y quizá ésa sea la diferencia más importante. Todos los gobernantes toman decisiones difíciles. Todos se enfrentan a dilemas. Todos cometen errores. Pero al final todos los liderazgos acaban respondiendo a una misma pregunta:  ¿Qué se pone por delante cuando llega el momento decisivo? ¿España o el interés propio? Porque la diferencia más importante entre dos proyectos políticos no está sólo en las ideas que defienden. Está en aquello que cada uno está dispuesto a sacrificar. • Hay quienes están dispuestos a sacrificar principios, instituciones o consensos para conservar el poder. • Y hay quienes entienden que el poder sólo tiene sentido cuando está al servicio de la Nación. Yo estoy convencida de que Alberto Núñez Feijóo pertenece a esta segunda categoría. • Los españoles antes que el interés de su partido. • Los españoles antes que su propia comodidad. • Los españoles antes que cualquier cálculo personal. Porque entiende que el poder sólo tiene sentido cuando está al servicio de quienes se lo han confiado. Hoy lo urgente es sacar a Sánchez, pero lo importante es cambiar el modelo.  Porque España no necesita simplemente un relevo. Necesita una reconstrucción: • De sus cimientos institucionales. • De su confianza pública. • De una cultura política basada en el respeto, la responsabilidad y el servicio. • Y del prestigio internacional de España para volver a ser un país fiable, respetado y cuya palabra vuelva a tener valor. Precisamente porque la tarea es tan importante, importa quién esté al frente de ella. Porque gobernar no consiste sólo en administrar el presente. Consiste también en asumir la responsabilidad de mejorar el país que recibimos para quienes vendrán después. Hay una idea de Edmund Burke que resume muy bien esa responsabilidad: cada generación recibe su país en préstamo. Nuestra obligación consiste en devolverlo mejor de lo que lo recibimos. 

Nuestros abuelos nos dejaron un país más libre del que ellos encontraron. Nuestros padres nos dejaron un país más próspero.  No tenemos derecho a ser la primera generación que rompa esa cadena. Me niego a aceptar que quienes hemos disfrutado de los mayores niveles de libertad, prosperidad, formación y oportunidades de nuestra historia seamos también quienes entreguemos a nuestros hijos una España peor de la que recibimos. No lo creo. Y, sobre todo, no lo acepto. Sería una traición a quienes nos precedieron. Y una injusticia con quienes vendrán después. Un país no se mide únicamente por lo que somos capaces de disfrutar. También se mide por lo que somos capaces de conservar y de legar. Como ven, hoy no he venido solo a hablar de los problemas de España. He querido compartir con ustedes un diagnóstico, un modelo de país y un liderazgo capaz de hacerlo realidad. Permítanme terminar como empecé. Hablando de esperanza. La esperanza no consiste en esperar que las cosas mejoren por sí solas. Consiste en tener un rumbo, un proyecto y la convicción de que el futuro puede ser mejor que el presente. Creo que la gran esperanza de este país es la derecha. Pero no cualquier derecha. Una que no se define sólo por aquello a lo que se opone, sino por el país que quiere construir.  

España no tiene que inventarse un futuro de la nada, sólo tiene que volver a creer en sí misma. Una Nación que sabe de dónde viene y que, precisamente por eso, sabe hasta dónde puede llegar. Y este es el proyecto que hoy encarna Alberto Núñez Feijóo.  Porque la meta nunca ha sido que gane nuestro partido. La meta es que gane España. 

Muchas gracias."