ENCUENTRO CON LOS MIEMBROS DEL PARLAMENTO ESPAÑOL
DISCURSO DEL SANTO PADRE
Congreso de los Diputados (Madrid) Lunes, 8 de junio de 2026
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Presidente
del Gobierno,
Presidenta
del Congreso de los Diputados,
Presidente
del Senado,
Presidente
del Tribunal Constitucional,
Presidenta
del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial,
Miembros
del Congreso de los Diputados y del Senado,
Señoras y
señores:
Agradezco a la
Señora Presidenta sus amables palabras, así como la invitación que la Sede
Apostólica ha recibido con ocasión de mi viaje a este país, así como la
deferencia de acogerme en este histórico Palacio del Congreso de los Diputados,
ámbito eminente de la vida institucional, jurídica y democrática del Reino de
España. Vengo ante todos ustedes como Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia
católica, consciente de que la misión confiada al Sucesor del apóstol Pedro
como principio y fundamento de unidad de los Obispos y de los fieles (cf. Lumen gentium, 23) coloca a la Santa
Sede, de modo peculiar, en diálogo con los pueblos y con los Estados.
Mi presencia
entre ustedes quiere ser un gesto de cercanía hacia España, en el marco de la
mutua cooperación, y una palabra ofrecida desde el servicio a la persona
humana. La Iglesia “camina con la humanidad”, comparte sus esperanzas y sus
heridas, escucha los interrogantes de cada época y se deja interpelar “por todo
lo que concierne a la existencia de los hombres y las mujeres de hoy”. Por eso,
cuando se dirige a la vida pública, lo hace respetando la misión propia de las
instituciones y la legítima responsabilidad de quienes han recibido el mandato
de legislar. Reconoce “la autonomía de las realidades terrenas” y “la
distinción entre comunidad eclesial y comunidad política”; y, precisamente
desde esa conciencia, aporta una reflexión nacida del deseo de servir al bien
común y de recordar aquello que hace verdaderamente humana la convivencia
(cf. Magnifica humanitas, 18-19).
En este
hemiciclo se da forma jurídica a la convivencia social. Aquí las diferencias se
escuchan, se ordenan y, cuando es posible, se convierten en decisión
compartida. Por eso, más allá de la legítima diversidad de posiciones, toda
tarea legislativa acaba encontrándose con una pregunta decisiva: qué concepción
de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construye esas
leyes.
Ante esta
cuestión, España posee una memoria particularmente rica. Su identidad
geográfica y política se ha ido entretejiendo con una historia en la que la fe
y la razón, el arte y el derecho, la tradición y el pensamiento han sabido
encontrarse fecundamente. En sus catedrales y universidades, en su literatura
inmortal, en sus instituciones jurídicas y en el ánimo mismo de su pueblo,
permanece viva una herencia que ha dado forma a un modo de vivir la libertad,
practicar la justicia y ordenar la vida común.
Desde las
páginas universales del Quijote, donde Cervantes proclamó que «la
libertad […] es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los
cielos» (Don Quijote de la Mancha, II, 58), hasta la hondura espiritual
de santa Teresa de Ávila, y desde la gran tradición jurídica española hasta la
inquietud metafísica de Unamuno, que recordaba que el hombre «no se resigna a
morir del todo» (Del sentimiento trágico de la vida, I), España ha
sabido mirar al ser humano como algo más que una pieza del orden social,
económico o político: lo ha reconocido como criatura abierta a la verdad,
dotada de libertad y movida por una sed de eternidad que ninguna realidad
temporal logra extinguir; en una palabra, como alguien cuya dignidad precede a
toda utilidad y a cuyo servicio está sujeta la acción legislativa.
Por eso, al
hablar hoy de la persona humana, esta memoria conduce naturalmente a Salamanca
y al pensamiento que allí maduró. La presencia simbólica en esta sala de los
Reyes Isabel y Fernando, remite a aquel momento en que España quedó situada
ante responsabilidades históricas de alcance universal; pocos años después,
Salamanca habría de asumir, con singular lucidez, la reflexión moral y jurídica
que ese escenario reclamaba. En aquella sede universitaria, hace quinientos
años, cuando se abrían mundos nuevos y posibilidades inmensas en las relaciones
entre los pueblos, algunos maestros comprendieron que la razón no podía ser
invocada para revestir de legitimidad cuanto la fuerza o el interés presentaban
como conveniente. Introdujeron así en el discernimiento histórico la pregunta
por el valor irreductible de todo ser humano y los límites morales del poder.
Hay que reconocer que la sociedad y la misma Iglesia no siempre estuvieron a la
altura de las intuiciones que encontraban eco en su propia tradición cristiana.
Sin embargo,
aquel interrogante abrió un horizonte intelectual y moral que desbordó su
propio momento histórico. La intuición del totus orbis, de una
comunidad humana más amplia que cualquier poder particular, permitía afirmar la
existencia de vínculos jurídicos y morales entre los pueblos. Desde España, la
reflexión de la Escuela de Salamanca —y de manera particular fray Francisco de
Vitoria, junto con otros dominicos y jesuitas— contribuyó a formar una
conciencia jurídica y moral capaz de recordar que la autoridad lleva siempre
consigo una responsabilidad y que todo ser humano debe ser reconocido como
sujeto de derechos y deberes. Ese anhelo sigue hablando también hoy: que la
dignidad, la justicia y el bien común sean la medida de las relaciones
sociales, tanto a nivel nacional como a nivel internacional.
Ésta es una de
las grandes herencias de España: haber unido la acción histórica con la lucidez
de la razón moral. Aquella contribución, nacida a orillas del Tormes,
trascendió las aulas y las bibliotecas, y llegó a formar parte de una
conciencia más amplia, compartida por la comunidad internacional que sigue
preguntándose cómo construir la paz sobre el reconocimiento de la persona y no
sobre la imposición de la fuerza. Ese legado vive también en estas Cortes, cada
vez que el legislador se pregunta cómo hacer que lo posible sea justo, que lo
legal sea verdaderamente humano y que la voluntad de la mayoría custodie
aquellos bienes que pertenecen a todos y respete aquello que ninguna mayoría
puede legítimamente vulnerar.
La pregunta
salmantina sigue acompañando la tarea de quienes sirven a la vida pública. Hoy,
los nuevos mundos que se abren ante nosotros ya no se dibujan en los mapas: se
despliegan en la técnica, en la economía, en la biomedicina y en el universo
digital, donde el poder humano alcanza ámbitos cada vez más delicados de la
vida personal y social.
El progreso
ofrece posibilidades admirables, y hoy lo vemos de modo singular en el
desarrollo de la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías. Como he
recordado en mi reciente Encíclica, la tecnología en sí misma no es neutral
porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza
(cf. Magnifica humanitas, 9); por eso, ante
las transformaciones de nuestro tiempo, nuestro discernimiento debe centrarse
en qué lugar ocupa la persona humana en nuestras decisiones, y cómo se plantean
hoy, de manera nueva, la dignidad del trabajo, la solidaridad, la política social
y el bien común.
Este
discernimiento comienza por una afirmación primera: toda sociedad
auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad
inviolable de la persona humana. Tal dignidad precede a toda concesión del
Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén
de las mayorías de cada momento (cf. Benedicto XVI, Discurso ante el Parlamento Federal alemán, 22
septiembre 2011). Pertenece a todo ser humano por el hecho mismo
de existir, y por eso debe orientar todo ordenamiento jurídico positivo. La fe
cristiana la proclama a partir de la Revelación; la razón humana puede
reconocerla como exigencia inscrita en la verdad del hombre (cf. ibíd.). Cuando esta convicción
permanece viva, el derecho se convierte en amparo de todos y en garantía frente
a la imposición de intereses y agendas particulares.
Sobre este
fundamento, me corresponde pronunciar hoy una palabra serena y firme ante
quienes tienen la grave responsabilidad de ordenar jurídicamente la convivencia
social. Esta convivencia puede verse amenazada por la cultura del descarte,
como tantas veces advirtió el Papa Francisco (cf. Discurso a la Asamblea Plenaria de la Pontificia
Academia para la Vida, 27 septiembre 2021). En este sentido, si
la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden
tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que
deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre
en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás? La defensa
de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una
meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde
su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia.
Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas
y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona.
Por eso, la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su
capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor
fragilidad.
El bien común
es, en cierto modo, “la forma social de la dignidad humana” (cf. Magnifica humanitas, 59). No consiste
en la mera suma de intereses particulares, sino en «el conjunto de condiciones
de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus
miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección» (Gaudium et spes, 26). Cuando el bien
común deja de ser horizonte compartido, la acción pública corre el riesgo de
fragmentarse en intereses parciales, incapaces de custodiar aquello que
pertenece a todos.
En este
contexto, reviste particular importancia la familia, realidad humana primera y
fundamento natural de la comunidad. En el hogar se entrelazan las generaciones
y se transmite una memoria viva que da continuidad interior a la sociedad. Allí
donde la familia es sostenida, se fortalece también la estabilidad espiritual y
social de las naciones. La familia será siempre la primera escuela de humanidad
en la que se aprende, antes que en cualquier otro lugar, la gramática elemental
de la convivencia: recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y
pertenecer.
También las
instituciones educativas ocupan un lugar decisivo en esta tarea. En ellas, las
nuevas generaciones pueden aprender a buscar y amar la verdad, a cuestionarse
sobre el sentido de la vida y la dignidad de cada persona. Por eso, muchos
padres deseosos de que sus hijos aprendan a relacionarse, a pensar con espíritu
crítico y a adquirir valores sólidos, depositan en ellas grandes esperanzas,
como valiosas aliadas en su educación. Esta colaboración ha de respetar siempre
el «derecho primario e inalienable» de los padres a «elegir el tipo de
educación y de formación que reciben sus hijos, en coherencia con sus propias
convicciones morales, culturales y religiosas» (cf. Magnifica humanitas, 143; cf. Pacto
Internacional de Derechos Civiles y Políticos, art. 18.4).
La afirmación
de la dignidad humana no puede permanecer abstracta cuando tantas personas se
ven obligadas a dejarlo todo para buscar paz, seguridad y futuro. También el
trágico drama migratorio interpela hoy la conciencia de las naciones y el
fundamento ético del orden internacional. Numerosos hombres, mujeres y niños se
ven obligados, por circunstancias muchas veces dramáticas, a partir de sus
comunidades y dejar atrás seres queridos, historias y vínculos. Esta realidad
rebasa cualquier lectura puramente demográfica o económica: constituye una
cuestión eminentemente moral y jurídica. Allí donde una persona es discriminada
por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición
económica o social, se vulnera gravemente el principio universal de la igual
dignidad de todos los seres humanos.
La situación
de los migrantes y refugiados exige una respuesta que mire a las personas,
afronte las causas que las obligan a partir y vaya más allá de la mera gestión
de flujos. De ahí nace una doble exigencia de justicia social: ofrecer vías
seguras y legales, una acogida respetuosa y posibilidades reales de
integración; y promover, al mismo tiempo, el derecho a permanecer en la propia
tierra, trabajando para que nadie tenga que abandonar su hogar por falta de
paz, seguridad o condiciones dignas de vida, por las desigualdades económicas y
los efectos de la crisis climática (cf. Magnifica humanitas, 81).
En los últimos
años, las rutas cada vez más peligrosas han evidenciado el altísimo coste de
esta realidad, tantas veces escondida o ignorada. Muchas personas siguen siendo
presas de traficantes y contrabandistas que se aprovechan de su desesperación.
Es necesario fortalecer la prevención, el rescate y la asistencia a las
víctimas, especialmente en el marco de una cooperación regional y multilateral.
Ninguna nación
puede afrontar por sí sola un desafío de esta magnitud. Por ello, es
indispensable una respuesta coordinada, solidaria y eficaz, capaz de garantizar
protección, acogida y oportunidades reales de integración a quienes emigran.
Cuando la respuesta institucional se hace cercana, justa y coordinada, las
fronteras dejan de ser lugares de abandono y pueden convertirse en espacios de
protección responsable de la dignidad humana.
Señorías:
El mundo
atraviesa una profunda crisis espiritual y cultural, que se manifiesta en
múltiples formas de violencia, polarización y desconfianza recíproca. En este
contexto, la paz se presenta como una aspiración política y, más aún, como una
verdadera exigencia moral. Reclama una palabra pública que respete a quien
piensa distinto, instituciones puestas al servicio del encuentro, una memoria
histórica que busque la verdad y la reconciliación y una vida social capaz de
sostener la amistad cívica y el respeto mutuo en medio de la discrepancia.
En el plano
internacional, la paz exige valentía diplomática, responsabilidad ética y una
visión de futuro fundada en el respeto a la identidad de cada pueblo y en la
obligación de los Estados de resolver sus controversias por los caminos
pacíficos que ofrece el derecho internacional. Toda guerra constituye, en
última instancia, una dolorosa derrota de la capacidad de negociar y también de
aquella conciencia común de la humanidad que reconoce vínculos de justicia
entre las naciones. Las armas pueden imponer un silencio temporal; pero nunca
podrán edificar una paz auténtica y duradera.
Por eso,
preocupa que, en diversos lugares del mundo, y también en Europa, vuelva a
presentarse el rearme como respuesta casi inevitable ante la fragilidad del
escenario internacional. La verdadera seguridad, en cambio, nace de la
justicia, del diálogo paciente, del respeto al derecho internacional y de una
política capaz de poner la vida de los pueblos por encima de los intereses que
se benefician de la guerra. También el desarrollo de las nuevas tecnologías y
de la inteligencia artificial en el ámbito militar exige una vigilancia ética
rigurosa, para que las decisiones sobre la vida y la muerte nunca sean
descargadas sobre automatismos ni sustraídas a la responsabilidad moral de la
persona humana (cf. Discurso en la Universidad “La Sapienza”, 14 mayo 2026).
La comunidad
internacional está llamada a redescubrir el valor indispensable del diálogo
como camino paciente hacia acuerdos justos y duraderos, fundados en el respeto
a los tratados, en la transparencia de la acción diplomática y en la voluntad
sincera de anteponer la paz al recurso a la fuerza. De ahí nacen la confianza y
la esperanza.
Como recuerda
el lema de la Unión Europea, In varietate concordia, la unidad
verdadera no uniforma, sino que cohesiona en la diversidad, haciendo de las
culturas, sensibilidades y tradiciones una ocasión de enriquecimiento mutuo.
Asimismo,
dentro de las propias sociedades es urgente construir una cultura de la
reciprocidad. La pluralidad política no debería degenerar en descalificación
permanente del adversario. En una convivencia madura, incluso el conflicto
puede convertirse en camino hacia la paz, cuando las diferencias se dejan
mitigar por la escucha y se ordenan al reconocimiento de las necesidades, los
anhelos y las capacidades de todos.
Pero la paz no
es solamente una realidad política o institucional. Nace también en la
conciencia, allí donde el rencor, la indiferencia y el odio ceden espacio a la
reconciliación. Por eso, se instaura y se protege también a través del
lenguaje. Las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos; pueden iluminar la
realidad o deformarla hasta hacer imposible el encuentro. Quienes ejercen una
responsabilidad pública tienen, por eso, una especial obligación de custodiar
la palabra para «desarmar el lenguaje» (Mensaje para la Cuaresma de 2026, 13 febrero 2026).
La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación.
De este
respeto al otro nace también el deber de custodiar el espacio donde maduran sus
convicciones, su conciencia y su relación con Dios. La atención a ese ámbito
interior permite comprender mejor una cuestión decisiva para toda sociedad
verdaderamente democrática: la libertad de pensamiento, de conciencia y de
religión, derecho fundamental que tutela el ámbito más íntimo de las personas.
La libertad sobre la que se edifica el Estado contemporáneo, si es auténtica,
reconoce la dimensión religiosa del ser humano, la respeta y la tutela
jurídicamente; y evita que alguien tenga que renunciar a contribuir a la
sociedad en la que vive por causa de su fe.
Sin confundir
el plano jurídico con el moral, conviene recordar también que la libertad
necesita una comprensión plena de sí misma. Ser libre no significa únicamente
estar libre de coacciones o disponer de muchas posibilidades de elección;
significa poder reconocer el bien y adherirse a él responsablemente. Por eso,
toda sociedad efectivamente libre requiere también una justa delimitación del
poder público, de modo que la libertad de las personas, de las comunidades y de
las asociaciones no sea indebidamente restringida (cf. Dignitatis humanae, 1). Desde esta
perspectiva, la legítima autonomía del orden temporal jamás debe interpretarse
como hostilidad hacia el fenómeno religioso. La fe no pretende imponerse
mediante privilegios ni coerciones; sin embargo, tampoco puede ser relegada al
silencio como si fuese irrelevante para la vida pública.
En este
contexto, el sigilo sacramental de la confesión reviste una importancia
especial para la Iglesia católica. Se inserta en el ámbito más amplio de la
libertad religiosa, que garantiza a las comunidades creyentes un espacio propio
de vida, organización y disciplina interna (cf. Conferencia sobre la Seguridad
y la Cooperación en Europa, Acta Final de Helsinki, 1 agosto 1975,
Principio VII). Tutelarlo jurídicamente, como sucede de modo análogo en algunas
profesiones, significa preservar un espacio sagrado de libertad interior, donde
el creyente puede abrir su alma ante Dios sin temor a presiones externas, como
reconocen también las normas internacionales (cf. Corte Penal
Internacional, Reglas de Procedimiento y Prueba, Regla 73.3).
Señoras y
Señores:
Permitan que
me detenga un instante en algunas imágenes que adornan esta Cámara. En este
Salón de Sesiones, la luz natural entra por el lucernario que corona la sala.
Esa luz que viene de lo alto puede recordar que también la política necesita
reconocer una medida que la precede y la supera.
También las
pinturas que evocan, en la parte superior del muro principal, la recepción del
Evangelio y del Decálogo recuerdan algo esencial. Sin confundir el orden
político con el religioso, esos signos invitan a reconocer que la libertad
moderna ha sido preparada también por una larga educación de la conciencia,
profundamente marcada por la tradición cristiana. En esa escuela interior, los
pueblos aprendieron que el derecho debe servir al bien, que la justicia pone
límites a la fuerza, que el poder necesita legitimidad, que los pobres
pertenecen plenamente a la comunidad, que el extranjero debe ser acogido
conforme a su dignidad y que la vida humana jamás puede ser tratada como
mercancía.
Una ley no
alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente
aprobada; la alcanza cuando, además de ser válida en su forma, puede comparecer
ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse.
Les invito a
alzar, pues, la mirada: no para alejarse de la realidad, sino para
recordar que toda decisión de las autoridades públicas toca personas de carne y
hueso, especialmente a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír. Porque la
altura de miras consiste precisamente en mirar con más hondura aquello que está
en juego en cada decisión pública. Por eso, junto a las respuestas técnicas y
las reformas legales, hace falta también una renovación moral.
España puede
ofrecer mucho en este camino. Cuenta con una lengua que une continentes; una
tradición cultural, jurídica y espiritual que ha sabido poner en diálogo fe y
razón, derecho y conciencia, unidad y pluralidad. Esta experiencia histórica
recuerda también el valor de la concordia y del esfuerzo paciente por construir
una convivencia pacífica y justa.
Que esta noble
nación jamás pierda la memoria de sus raíces ni la audacia de mirar al futuro.
Que España continúe siendo tierra de encuentro, de cultura, de solidaridad y de
esperanza. Y que su vida pública sepa unir siempre la firmeza de las
convicciones con la nobleza del diálogo y la grandeza del servicio.
Que Dios
conceda paz a todas las naciones de la tierra, concordia a las familias y
serenidad a las conciencias. Y que, sobre el Reino de España, marcado por la
huella apostólica de Santiago y por la presencia maternal de la Virgen del
Pilar, desciendan días de prosperidad, justicia y paz duradera. Muchas gracias.