El Fondo Monetario Internacional, prevé una recuperación más fuerte de la economía mundial, pero persisten las incertidumbres


Difundió esta semana el Fondo Monetario Internacional,  el informe Perspectivas de la economía mundial (WEO, por sus siglas en inglés) correspondiente a abril de 2021.

En perspectivas de la economía mundial se presentan análisis y proyecciones del personal técnico del FMI sobre la evolución económica a escala mundial, en grupos generales de países (clasificados por región, grado de desarrollo, etc.) y en muchos países individuales. El estudio se centra en los principales aspectos de política económica y en el análisis de la evolución y las perspectivas de la economía. Suele prepararse dos veces al año, como documentación para las reuniones del Comité Monetario y Financiero Internacional, y es el instrumento principal de las actividades de supervisión mundial que realiza el FMI.

 Este es su Resumen Ejecutivo

"Mejora de las perspectivas: Tras una contracción esti­mada de –3,3% en 2020, se proyecta que la economía mundial registrará un crecimiento de 6% en 2021, que se moderaría a 4,4% en 2022. 

La contracción de 2020 es 1,1 puntos porcentuales más pequeña que lo proyec­tado en la edición de octubre de 2020 de Perspectivas de la economía mundial (informe WEO); esa mejora refleja un nivel de crecimiento superior al previsto durante el segundo semestre del año en la mayoría de las regiones gracias al desconfinamiento y a la adap­tación de las economías a nuevas formas de trabajar. Las proyecciones de 2021 y 2022 superan las cifras del informe WEO de octubre de 2020 en 0,8 y 0,2 puntos porcentuales, por efecto del respaldo fiscal adicional de unas pocas grandes economías y la recuperación prevista para el segundo semestre del año gracias a la vacunación. 

Se prevé que el crecimiento mundial se moderará a 3,3% a mediano plazo como consecuencia del daño proyectado al potencial de oferta y de fuerzas anteriores a la pandemia, incluida la desaceleración del crecimiento de la fuerza laboral en las economías avan­zadas y algunas economías de mercados emergentes debido al envejecimiento de la población. Gracias a las políticas de respuesta sin precedentes, es probable que la recesión provocada por la COVID-19 deje menos cicatrices que la crisis financiera internacional de 2008. Sin embargo, las economías de mercados emergentes y los países en desarrollo de bajo ingreso se han visto más golpeados y se prevé que sufrirán pérdidas más significativas a mediano plazo.

Impactos divergentes: Las pérdidas del producto han sido particularmente pronunciadas en los países que dependen del turismo y de la exportación de materias primas, así como en aquellos con un limitado mar­gen de maniobra para la aplicación de políticas. Al comienzo de la crisis, muchos de estos países se encon­traban en una situación fiscal precaria y tenían menos capacidad para organizar grandes campañas sanitarias o brindar respaldo a los medios de vida. La recupera­ción proyectada sigue a una contracción grave que ha producido efectos particularmente perniciosos para el empleo y el ingreso de ciertos grupos. 

Los jóvenes, las mujeres y los trabajadores con niveles educativos relativamente bajos o con empleos informales han sufrido en general el golpe más duro. Es probable que la desigualdad del ingreso aumente significativamente debido a la pandemia. Se prevé que casi 95 millones más de personas quedarán por debajo del umbral de la pobreza extrema en 2020, en comparación con las proyecciones previas a la pandemia. Además, las pér­didas de aprendizaje han sido más graves en los países de bajo ingreso y en desarrollo, que han tenido más dificultades con el cierre de las escuelas, y sobre todo para las niñas y los alumnos provenientes de hogares de bajo ingreso. Las desiguales consecuencias negativas en materia de escolarización podrían amplificar más la desigualdad de ingresos.

Las perspectivas mundiales están rodeadas de gran incertidumbre. La evolución de la situación dependerá de la trayectoria que siga la crisis sanitaria, incluido el hecho de que las nuevas cepas del virus de la COVID‑19 sean susceptibles a las vacunas o prolon­guen la pandemia; la eficacia de las medidas adoptadas para limitar el daño económico persistente (cicatriza­ción); la evolución de las condiciones financieras y los precios de las materias primas; y la capacidad de ajuste de la economía. Los vaivenes que experimenten estos factores y su interacción con las características propias de cada país determinarán el ritmo de la recuperación y el grado de cicatrización a mediano plazo de cada país (capítulo 2).

En muchos aspectos, esta crisis es única. En ciertos países, las políticas de respaldo y la falta de oportunidades de gasto se han traducido en fuertes aumentos del ahorro que podrían liberarse con gran rapidez una vez que se disipe la incertidumbre. Al mismo tiempo, no está claro qué proporción de ese ahorro se gastará, en vista del deterioro de los balances de muchas empresas y hogares (particularmente, entre los muy propensos a consumir el ingreso) y la caduci­dad de las moratorias de reembolso de préstamos. En suma, cabe afirmar que los riesgos están equilibrados a corto plazo, pero se inclinan al alza más adelante.

Ante la aguda incertidumbre que rodea las pers­pectivas, las autoridades deberían priorizar políticas que serían prudentes más allá de la situación mundial imperante; por ejemplo, reforzando la protección social mediante la ampliación del seguro de desempleo a fin de incluir a los trabajadores autónomos y a los tra­bajadores del sector informal (véase el capítulo 2 del informe WEO de abril de 2020); garantizar recursos adecuados para la atención de la salud, los programas de desarrollo de la primera infancia, la educación y la for­mación profesional; e invertir en infraestructura verde para acelerar la transición hacia una menor dependencia del carbono. 

Además, como lo señalan los capítulos 2 y 3, deberían estar preparadas para ajustar las políticas de apoyo con flexibilidad; por ejemplo, pasando de líneas de salvataje a mecanismos de reasignación a medida que evolucione la pandemia, y según mejore la actividad, y salvaguardando al mismo tiempo el gasto social y evitando perpetuar gastos ineficientes. Es importante anclar el respaldo a corto plazo en marcos a mediano plazo creíbles (véase el Monitor Fiscal de abril de 2021). En los casos en que los elevados niveles de deuda limi­ten el margen de maniobra, correspondería esforzarse por crearlo mediante una mayor recaudación impositiva (menos exenciones, mejor cobertura de los registros y transición a impuestos al valor agregado mejor dise­ñados), mayor progresividad tributaria y reducción de subsidios improductivos.

Prioridades en materia de políticas: Los factores que moldean la orientación correcta de las políticas varían según el país, especialmente en el avance hacia la normalización. Por lo tanto, los países tendrán que adaptar sus políticas de respuesta a la etapa en que se encuentre la pandemia, el vigor de la recuperación y las características estructurales de la economía. Una vez que la vacunación sea generalizada y la capacidad disponible en el sistema sanitario retome los niveles previos a la pandemia, será posible comenzar a levan­tar las restricciones. 

Mientras la pandemia continúe, las políticas deberían centrarse primordialmente en superar la crisis, priorizar el gasto sanitario, brindar un respaldo fiscal bien focalizado y mantener una polí­tica fiscal acomodaticia, sin perder de vista los riesgos para la estabilidad financiera. 

Luego, a medida que la recuperación avance, las autoridades deberán limitar la cicatrización de la economía a largo plazo con miras a estimular la capacidad productiva (por ejemplo, la inversión pública) y crear mayores incentivos para una asignación eficiente de los recursos productivos. Se trata de un equilibrio delicado, especialmente dada la incertidumbre prevaleciente. Por lo tanto, cuando llegue el momento de retirar el respaldo, habrá que hacerlo evitando cortes repentinos (por ejemplo, reduciendo poco a poco la contribución del gobierno a los sueldos de los trabajadores suspendidos y a los programas de trabajo de jornada reducida, incrementando a la vez los subsidios para la contratación a fin de que pueda concretarse la reasignación necesaria). 

A la vez, no se pueden perder de vista los retos a largo plazo: aumen­tar la productividad, mejorar los marcos de política económica y combatir el cambio climático. Las distintas velocidades de recuperación de los países podrían dar lugar a orientaciones de política diferentes, sobre todo si las economías avanzadas se benefician antes que otras de las vacunaciones generalizadas. 

Los mensajes claros sobre la orientación futura de la política monetaria y las comunicaciones de los bancos centrales de las econo­mías avanzadas son particularmente cruciales, y no solo para calibrar una adecuada orientación monetaria interna acomodaticia. Tienen también importancia vital para las condiciones financieras externas de los merca­dos emergentes y el impacto que las orientaciones diver­gentes producen en los flujos de capital (capítulo 4).

La cooperación internacional estrecha es vital para lograr estos objetivos y para que las economías de mercados emergentes y los países en desarrollo de bajo ingreso continúen acercándose a los niveles de vida de los países de alto ingreso. En el ámbito sanitario, eso significa garantizar una producción mundial adecuada de vacunas y una distribución universal a precios asequibles —entre otras cosas, mediante suficiente financiamiento para la iniciativa COVAX— de modo que todos los países puedan derrotar la pandemia rápida y decisivamente. 

La comunidad internacional también debe colaborar para que las economías con limitaciones financieras dispongan de acceso adecuado a liquidez internacional y puedan mantener así el gasto sanitario y el gasto en otras necesidades sociales y en infraestructura que requieren para el desarrollo y la convergencia hacia niveles de ingreso per cápita más elevados. Los países también deben colaborar estrecha­mente para redoblar los esfuerzos de mitigación del cambio climático. 

Asimismo, se necesita una coopera­ción vigorosa para resolver las cuestiones económicas que subyacen tras las tensiones comerciales y tecnológi­cas (así como las deficiencias en el sistema de comercio multilateral basado en reglas). Aprovechando los avan­ces recientes en materia de política tributaria interna­cional, los esfuerzos deben seguir centrados en limitar el traslado internacional de utilidades y la elusión y evasión de impuestos."

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