Agradezco, Señora Presidenta, la invitación a este acto, en el que celebramos nuestra vigente Constitución de 1978 como la más longeva de nuestra historia. La longevidad es una cualidad ligada a los seres vivos: no se atribuye, más que en sentido figurado, a objetos ni a conceptos. Y sin embargo lo hacemos, cuando hablamos de cosas o de ideas importantes, que tienen una cierta trascendencia o por las que incluso sentimos un afecto especial: las humanizamos.
Así lo hacemos, a
menudo, con nuestra Constitución del 78. Aunque muchos hayamos nacido en fecha
anterior a su promulgación, la mayor parte de la memoria y biografía de nuestra
sociedad es ya, esencialmente, constitucional y democrática. Con ella hemos crecido
y madurado. Es nuestra referencia y la que esperamos legar a nuestros hijos. No
podemos, no queremos, no sabríamos vivir siendo otra cosa que ciudadanos
libres.
Por eso, más allá de
los años que cumpla, de su longevidad, lo que hoy celebramos es su legitimidad
de origen: la voluntad del pueblo español libremente expresada en las urnas.
Esa credencial democrática, mucho mayor que la de cualquiera de sus predecesoras,
es la clave de su duración; no fue la voluntad de una parte de la sociedad
contra otra. Ahí está el espíritu de concordia que impulsó el proceso
constituyente, y que nos ha acompañado en tantos momentos de nuestra historia,
según recoge la exposición “Un proyecto, un consenso, un país de derechos y
libertades”, que a continuación inauguraremos.
Señorías,
Según otra metáfora
recurrente, las constituciones son definidas como marcos, vigas y pilares de la
convivencia. Abundan, en derecho constitucional, los símiles arquitectónicos,
porque el ordenamiento jurídico debe ser una arquitectura en cuyo interior se
puede vivir, se puede convivir.
Esa visión puede
llevarnos a entender, erróneamente, que la constitución es una especie de
habitación vacía. Nada más lejos de la realidad: si nuestra constitución se ha
convertido en la más longeva de nuestra historia es por todas esas ideas que
contiene –la libertad, la igualdad, la justicia, la solidaridad, el pluralismo,
unidad y la descentralización junto con la cohesión territorial– y que
articulan nuestra convivencia democrática.
Así, para entender el
valor real de nuestra constitución deberíamos ser capaces de imaginarnos cómo
seríamos, los españoles, si no hubiéramos optado, en el año 1978, por ese
conjunto de ideas.
¿Cómo viviríamos?
¿Podríamos expresarnos con la misma libertad? ¿Tendríamos la misma capacidad de
crecer, formarnos, establecernos, luchar por el futuro de nuestros hijos?
¿Podríamos, del mismo modo, desarrollar nuestra identidad y cultivar nuestras
tradiciones? ¿Contaríamos con los mismos instrumentos para denunciar
injusticias y arbitrariedades? ¿Tendríamos el mismo acceso a los servicios
públicos? ¿Formaríamos parte del proyecto europeo?
No es tarea fácil –en
particular para los españoles nacidos a partir de los años 80– imaginarse esa
España sin derechos ni libertades. Pero no hace falta remitirse a tiempos
remotos porque hoy, más allá de nuestras fronteras, y más allá de las fronteras
de Europa, es esa la realidad para miles de millones de personas, que viven a
años luz de lo que significa un estado social y democrático de derecho. Cuántos
hombres y mujeres lo sacrifican casi todo para que en su tierra arraigue el
mismo espíritu –o parecido− que se contiene en nuestra Constitución del 78, que
ha sido referente para tantos procesos de transición, o directamente son
perseguidos tan solo por demandarlo. A algunos les cuesta incluso la vida.
Por eso, volviendo a
nuestro país, quiero recordar a todos los que se dejaron la vida en el camino
hacia la consolidación de nuestro régimen de libertades. Pasado mañana se
cumplirán tres décadas del día en el que, tras el asesinato por la banda
terrorista ETA del profesor Francisco Tomás y Valiente –a quien recordamos el
viernes pasado en la UAM– miles de españoles se lanzaron a las calles con las
manos pintadas de blanco (como ya habían hecho los estudiantes tras el atentado
en el propio Campus de la universidad).
Todas juntas, esas
manos componían un inmenso “no”: un “no” a la violencia; un “no” al terror; un
“no”, a la barbarie. Y ahí estaba, también, la expresión de nuestros valores
constitucionales.
Aun así, 15 años más
perduró ese terrorismo, su afán asesino y destructor. Otras amenazas
terroristas aún persisten y seguimos luchando contra ellas, y combatiendo sus
causas, como hacen muchos otros países de nuestro entorno: con la firmeza de
nuestra democracia y los mecanismos que nos proporciona el Estado de Derecho.
Señorías,
Vivimos tiempos
difíciles e inciertos, que hacen aún más visibles las imperfecciones que –como
toda obra humana- tiene nuestro marco institucional y normativo. No pensemos
que se debe a una menor vigencia del ordenamiento constitucional; todo lo
contrario: es precisamente el espíritu crítico, la legítima insatisfacción, el
afán por seguir progresando, lo que nos acerca cada vez más a una realización
más plena de esos principios y valores.
No caigamos nunca en la
complacencia de ver la obra completa, ni tampoco en el derrotismo de pensar que
el esfuerzo de generaciones de españoles ha sido en vano. Tengamos visión y
perspectiva. El camino recorrido por esta España constitucional ha sido brillante
y el futuro no lo será menos, siempre y cuando lo sigamos escribiendo juntos.
Al celebrar la
longevidad de nuestra constitución, tomamos conciencia de lo que le debemos; de
lo que nos debemos, a nosotros mismos, como ciudadanos, como demócratas y como
españoles. Y esa conciencia no se limita a la letra de la Carta Magna, sino que
se extiende a todo el acervo constitucional: las leyes y las instituciones. Nos
obliga a su respeto, defensa, desarrollo y fortalecimiento. La mejor manera de
conmemorar la Constitución es cumplirla.
Recordemos así, en este
acto conmemorativo, que el mayor homenaje a la Constitución tiene lugar todos
los días, a todas horas: está en el esfuerzo, la entrega y el compromiso de los
millones de ciudadanos anónimos de nuestro país con su futuro colectivo, con
ESPAÑA. Y ese –por encima de cualquier otra efeméride– es el auténtico motivo
de celebración.
Muchas gracias.
